Saltar al contenido

AI Act

El AI Act, sin jerga legal

El Reglamento europeo de IA ya está en vigor. Si usas inteligencia artificial en tu empresa —un chatbot, un sistema que puntúa clientes, una herramienta que clasifica currículums— es normal preguntarse si te afecta y qué tienes que hacer. Esta guía te lo explica en claro: qué es, si te aplica, qué te toca y por dónde empezar. Sin lenguaje jurídico y sin alarmismo.

La norma

Qué es el AI Act, en claro

El AI Act —también llamado Reglamento de IA o, por su nombre oficial, Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial— es la primera ley general del mundo que regula la inteligencia artificial. Es europea, aplica a quien opera en la UE, y su lógica es sencilla: no todas las IA son iguales, así que no todas se regulan igual. Clasifica los sistemas por el riesgo que suponen para las personas, y cuanto mayor es el riesgo, más obligaciones tienes.

Cuatro niveles, de menos a más:

Riesgo mínimo

Los usos cotidianos: un filtro de spam, un chatbot que responde dudas, una herramienta que ayuda a redactar. Obligaciones mínimas o ninguna. La mayoría de las pymes vive aquí —conviene saberlo, porque el AI Act suena más amenazante de lo que resulta para el uso normal—.

Riesgo limitado

Sistemas que interactúan con personas y piden transparencia: si un cliente habla con un bot, tiene derecho a saber que es un bot. La obligación es avisar, no esconder.

Alto riesgo

Sistemas que pesan en decisiones importantes sobre la vida de alguien: selección de personal, concesión de crédito, acceso a servicios esenciales. Aquí sí hay obligaciones serias: documentación, supervisión humana, trazabilidad. Si usas IA para algo así, es donde hay que mirar con cuidado.

Riesgo inaceptable

Usos prohibidos: manipulación, puntuación social masiva. No es territorio de una pyme normal; se menciona para que quede claro que existe un techo.

La idea que llevarse: el AI Act no persigue que uses IA, ordena cómo usarla según lo que esté en juego. Para la mayoría de empresas pequeñas, el trabajo no es cumplir mil requisitos, sino saber en qué nivel caes.

Tu caso

¿Te aplica? Y ¿en qué categoría caes?

La primera pregunta no es «¿cumplo?», es «¿de qué estoy hablando?». Muchas empresas usan IA sin tenerla localizada: está dentro de un CRM, de una herramienta de marketing, de un asistente que alguien contrató sin avisar. Antes de nada, hay que saber qué sistemas de IA tienes y para qué los usas.

Con esa lista delante, la categoría suele deducirse sola con dos preguntas:

¿El sistema toma o influye en una decisión que afecta a una persona concreta?

Si tu IA solo ordena información, redacta borradores o responde dudas generales, estás casi seguro en riesgo mínimo o limitado. Si decide a quién contratas, a quién das crédito o a quién aceptas como cliente, entras en el terreno de alto riesgo y toca mirar en serio.

¿La persona sabe que está tratando con una IA?

Si un cliente interactúa con un sistema automático —un chatbot, una voz—, la transparencia es obligatoria: hay que decírselo. No es opcional y no es caro; es un aviso.

La mayoría de las pymes, al hacer este ejercicio, descubre que sus usos son de riesgo mínimo o limitado, y que el trabajo real es tenerlos ordenados y ser transparente donde toca. Las que usan IA para decisiones sensibles tienen un trabajo mayor, pero también más acotado: saben exactamente qué sistema mirar.

Lo difícil no suele ser cumplir, es tener claro qué tienes y qué te aplica. Ese mapa es la mitad del trabajo.

En la práctica

Qué obligaciones tienes, en la práctica

Las obligaciones del AI Act suenan a jerga hasta que las traduces a lo que significan en tu día a día. Las principales, para el rango en el que se mueve una pyme:

Saber qué tienes: el inventario.

Una lista de tus sistemas de IA —cuáles son, para qué se usan, quién los provee—. No es burocracia: es lo que te permite responder si alguien pregunta, y lo que evita sorpresas.

Ser transparente.

Donde una persona interactúa con IA, que lo sepa. Donde un contenido lo genera una IA, que se pueda distinguir. Es más una cuestión de honestidad operativa que de papeleo.

Documentar cómo funciona.

Para sistemas que pesan en decisiones, poder explicar qué hace el sistema, con qué datos y bajo qué reglas. No hace falta un tratado; hace falta que no sea una caja negra que nadie sabe explicar.

Supervisión humana.

Que haya una persona que puede revisar, corregir y parar el sistema. La IA aumenta la capacidad del equipo; no lo sustituye ni decide sola en lo que importa.

Trazabilidad.

Poder reconstruir qué entró y qué decidió el sistema. Si mañana hay que revisar una decisión, que haya rastro.

Ninguna de estas cosas es, en el fondo, un problema legal. Son un problema de datos, procesos y sistemas —tener las cosas ordenadas, documentadas y bajo control—. Que es exactamente el terreno donde se puede trabajar sin necesidad de un bufete.

De la norma al sistema

Cómo se aterriza: de la norma a algo que funciona

Aquí está el giro que importa. El AI Act plantea requisitos, pero cumplir un requisito no es rellenar un formulario: es dejar montado un sistema que de verdad funcione y que tu equipo pueda mantener.

No sé si mis sistemas de IA entran en la norma ni en qué categoría.

Se inventaría qué IA usas y se clasifica cada caso por su riesgo real.

Me piden inventario, documentación y trazabilidad y no sé qué nivel es suficiente.

Se traduce cada requisito a algo concreto y proporcionado a tu tamaño, sin sobreingeniería.

Temo que sea un proyecto legal enorme, caro y ajeno a mi operación.

Se trata como lo que es —datos, procesos y sistemas—, integrado en cómo ya trabajas.

Esto es lo que hace Dateliers: no un dictamen jurídico, sino convertir los requisitos del AI Act en inventarios, controles, documentación, trazabilidad y flujos de revisión que quedan funcionando. El diagnóstico ya mira qué te aplica y dónde estás; los proyectos montan lo que falte.

No emitimos dictámenes jurídicos ni certificamos cumplimiento. Convertimos los requisitos del AI Act en sistemas, controles y evidencias que funcionan de verdad. Donde hay una cuestión de interpretación legal, la validas tú o tu asesoría especializada —ahí termina nuestro terreno y empieza el suyo.

Preguntas

Preguntas frecuentes

¿El AI Act aplica a mi empresa si soy pequeña?

Aplica por el tipo de uso que haces de la IA, no por tu tamaño. Pero la mayoría de los usos de una pyme caen en riesgo mínimo o limitado, donde las obligaciones son ligeras. Lo importante es saber en qué categoría estás, no cuánta plantilla tienes.

¿Un chatbot en mi web me obliga a algo?

Sobre todo a transparencia: quien hable con él debe saber que es un sistema automático, no una persona. Si además el chatbot toma decisiones sensibles, habría que mirar más; si solo responde dudas con información aprobada, el trabajo es mínimo.

¿Qué pasa si no hago nada?

El AI Act contempla sanciones, y llegan por fases. Pero para una pyme con usos de bajo riesgo, «hacer algo» rara vez es un proyecto grande: suele ser ordenar lo que ya tienes y ser transparente donde toca. El coste de ignorarlo es mayor que el de mirarlo.

¿Necesito un abogado?

Para la interpretación legal fina, sí, y no lo suplimos. Pero buena parte del trabajo del AI Act no es legal, es técnico y organizativo: inventario, documentación, controles. Eso se hace sin bufete. Lo legal y lo técnico se reparten, y conviene no confundir uno con otro.

¿Esto va conmigo si uso IA de terceros (ChatGPT, Copilot y demás)?

Usar herramientas de terceros no te exime: sigues siendo responsable de cómo las usas y de qué datos metes en ellas. Parte del trabajo es precisamente decidir qué se puede y qué no en esas herramientas, y dejarlo por escrito para el equipo.

¿Por dónde empiezo?

Por el inventario: saber qué IA usas y para qué. Con eso, la categoría y las obligaciones se deducen casi solas. Si quieres, esa primera foto la hacemos contigo en el diagnóstico.

Hablemos

¿Usas IA y no sabes por dónde empezar con el AI Act?

Reserva un diagnóstico

Una primera llamada de 30 minutos con interlocución senior directa, sin compromiso y sin discurso comercial.